Una reflexión de Marco Aurelio sobre la diferencia entre influir y controlar
Hay días en los que todo parece escapar a nuestro control.
Un proyecto se retrasa. Un cliente cambia de opinión. Una decisión importante depende de otra persona. Aparece una noticia inesperada. Los planes cambian sin previo aviso.
Y entonces intentamos hacer algo que todos hemos hecho alguna vez: controlar aquello que no podemos controlar.
Además resulta que cuanto más importante es algo para nosotros, nos aparece como más fuerte esa necesidad de control.
Queremos saber qué va a pasar. Queremos asegurarnos de que todo saldrá bien. Y eliminar cualquier posibilidad de error o incertidumbre.
El problema es que la realidad rara vez funciona de esa manera.
Marco Aurelio, emperador romano y uno de los grandes representantes del estoicismo, dejó escrita una idea que sigue siendo sorprendentemente útil:
Tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos. Comprende esto y encontrarás fortaleza.
Lo interesante de esta reflexión es que no invita a la resignación. No dice que dejemos de actuar. No propone cruzarse de brazos y aceptar cualquier situación.
Lo que plantea es algo mucho más práctico: distinguir entre aquello sobre lo que podemos influir y aquello que simplemente debemos aceptar.
Y esa diferencia es más importante de lo que parece.
Muchas personas viven agotadas intentando controlar cosas que nunca han dependido realmente de ellas. La opinión de los demás. El resultado de una negociación. La reacción de un cliente. La evolución del mercado. Incluso el comportamiento de las personas más cercanas.
Sin darse cuenta, convierten la incertidumbre en una batalla diaria. El problema es que esa batalla está perdida desde el principio.
Porque la realidad siempre tendrá elementos que escapan a nuestra voluntad. Y cuanto más intentamos controlarlos, más frustración acumulamos.
Con el tiempo he descubierto que la tranquilidad no aparece cuando conseguimos controlar más cosas. Aparece cuando entendemos mejor qué cosas merecen realmente nuestra energía.
Podemos controlar nuestra preparación antes de una reunión. El esfuerzo que dedicamos a un proyecto. Incluso cómo respondemos ante una crítica. Pero no podemos controlar el resultado final de todo ello.
Y quizá una de las mayores fuentes de estrés moderno sea precisamente esa confusión.
Creemos que si pensamos más, planificamos más o nos preocupamos más, conseguiremos eliminar la incertidumbre.
Sin embargo, la incertidumbre sigue ahí. Lo único que cambia es nuestro nivel de agotamiento.
Mi reflexión
Hay una pregunta que me ayuda mucho cuando siento que empiezo a obsesionarme con algo.
Es sencilla y es una de las clásicas del estoicismo:
¿Esto depende realmente de mí?
Si la respuesta es sí, intento actuar. Si la respuesta es no, lo acepto.
No siempre lo consigo. Pero cada vez estoy más convencido de que muchas preocupaciones nacen de intentar controlar situaciones que nunca estuvieron bajo nuestro control.
Curiosamente, cuando dejamos de gastar energía en lo que no depende de nosotros, solemos tener más energía para actuar sobre lo que sí depende.
Y ahí es donde las cosas empiezan a cambiar.
Porque la fortaleza de la que hablaba Marco Aurelio no consiste en dominar el mundo que nos rodea.
Consiste en aprender a gobernar nuestra propia mente cuando el mundo no se comporta como esperábamos.
Cada época tiene sus problemas. Pero algunas preguntas llevan acompañándonos miles de años.
Por eso sigo encontrando valor en estas ideas antiguas.
No porque nos digan exactamente qué hacer, sino porque nos obligan a pensar con más calma, más criterio y más perspectiva sobre los desafíos que afrontamos hoy.


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