Una reflexión atribuida a Platón sobre la insatisfacción constante y la necesidad de tener siempre más
Vivimos en una época en la que casi todo parece empujarnos hacia el deseo de tener más. Más dinero, más reconocimiento, más oportunidades, más experiencias, más productividad, más contactos, más seguidores, más resultados. Incluso cuando conseguimos algo que queríamos, la satisfacción suele durar poco. Enseguida aparece un nuevo objetivo, una nueva comparación o una nueva sensación de que todavía falta algo.
No creo que el deseo sea malo en sí mismo. Desear crecer, aprender o mejorar forma parte de estar vivos. El problema aparece cuando el deseo deja de impulsarnos y empieza a gobernarnos. Cuando ya no elegimos lo que queremos, sino que vivimos arrastrados por una sensación permanente de insuficiencia.
A Platón se le atribuye una frase que resume muy bien esta tensión:
La pobreza no consiste en tener poco, sino en desear mucho.
Es una frase incómoda porque cambia el lugar donde solemos mirar. Normalmente pensamos la pobreza como una falta externa: falta de dinero, de recursos, de oportunidades o de posesiones. Y, por supuesto, esa dimensión existe. No se trata de dar valor a la escasez ni de negar las dificultades materiales que muchas personas afrontan.
Pero la frase apunta hacia otra forma de pobreza. Una pobreza interior que puede aparecer incluso cuando aparentemente tenemos suficiente. Esa que nace cuando nada alcanza, cuando todo parece poco y cuando la comparación convierte un logro en algo insuficiente.
Quizá por eso esta idea sigue teniendo tanta fuerza hoy. Porque vivimos rodeados de estímulos diseñados para recordarnos lo que todavía no tenemos. Basta abrir una pantalla para ver vidas más interesantes, cuerpos más cuidados, negocios más exitosos, viajes más espectaculares o casas más bonitas. La comparación se ha convertido en una especie de ruido de fondo.
Y cuando uno vive demasiado tiempo mirando lo que le falta, deja de ver lo que ya tiene.
Con el tiempo he aprendido que la ambición puede ser una herramienta muy valiosa, pero también puede convertirse en una trampa. Bien entendida, nos ayuda a movernos, a mejorar y a no conformarnos con cualquier cosa. Mal entendida, nos mantiene siempre lejos de nosotros mismos, siempre pendientes del siguiente escalón, siempre convencidos de que la vida empezará de verdad cuando consigamos algo más.
Ahí está la diferencia. Una cosa es querer avanzar y otra muy distinta es no permitirse nunca estar satisfecho.
La frase atribuida a Platón no nos invita a dejar de desear. Nos invita a revisar qué tipo de deseos estamos alimentando. Porque no todos los deseos nos hacen crecer. Algunos nos ordenan por dentro. Otros nos dispersan. Algunos nos conectan con lo que valoramos. Otros nacen únicamente de la comparación, del miedo o de la necesidad de demostrar algo.
Y quizá una parte importante de la madurez consista precisamente en aprender a distinguirlos.
Mi reflexión
Cada vez me interesa menos la idea de tener más por tener más. No porque no valore el crecimiento, sino porque creo que el crecimiento sin dirección puede convertirse en una forma elegante de insatisfacción.
Siempre he dicho que no sé de coches y que me dan igual los modelos. Comento que un coche me lleva del punto A al punto B.
En efecto, uno será mejor que otro, más grande, más cómodo… pero me llegan al mismo lugar. No es importante para mi el querer más en un coche realmente.
A veces decimos que queremos más dinero, más éxito o más libertad, pero no siempre nos preguntamos para qué. Y esa pregunta cambia muchas cosas. Porque si no sabemos para qué queremos algo, es fácil acabar persiguiendo objetivos que ni siquiera son nuestros.
Hay una prueba sencilla que me gusta hacerme de vez en cuando. Cuando deseo algo con mucha fuerza, intento preguntarme: ¿esto nace de una necesidad real o de una comparación?
No siempre es fácil responder con honestidad. Pero cuando la respuesta es comparación, normalmente el deseo pierde parte de su fuerza. Porque ya no estoy mirando mi camino. Estoy mirando el escaparate de otro.
Quizá por eso esta frase me parece tan actual. Nos recuerda que una persona puede tener mucho y sentirse pobre si vive dominada por lo que le falta. Y también que una persona puede tener menos, pero vivir con más calma si sabe reconocer lo que realmente necesita.
La cuestión no es renunciar a la ambición. La cuestión es no dejar que la ambición nos robe la capacidad de disfrutar del camino.
Cada época tiene sus problemas. Pero algunas preguntas llevan acompañándonos miles de años.
Por eso sigo encontrando valor en estas ideas antiguas.
No porque nos digan exactamente qué hacer, sino porque nos obligan a pensar con más calma, más criterio y más perspectiva sobre los desafíos que afrontamos hoy.


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